Promediar la equiparación, interdependiente en lo internacional e intergeneracional, de los derechos de las mujeres a nivel global equivaldría a estabilizar al electorado promedio en nuestra época de transición a un nuevo modo de producción y una nueva formación económica y social evolutiva al neoliberalismo que como mínimo habría de tener si se la cuida una vida media de sesenta años. Siempre considerando cada medida en el marco de la integridad del proyecto a escala global. Algunos países son prácticamente ya igualitarios en cuanto a ese aspecto de la equiparación de genero, siéndolo parcial en toda equiparación de género, tema aconsejable de ir impulsando sin caer en posiciones maximalistas, que son propias del ya denostado marxismo reactivo al quietismo sin evolución social y fracasado en todo el mundo, mas que reaparece al amparo del equivoco de nuestros gobiernos inciertos, sino realistas. Lo que si no debemos dejar de lado en nuestro proyecto es, con ayuda del poder de las iglesias del mundo en un verdadero respeto ecuménico y de libertad de profesión de credos incluido el ateísmo laico, la libertad para interrumpir el embarazo antes de los tres meses de gestación y en caso de violación o fuerza mayor si corre riesgo de vida la madre, todo esto siempre atendiendo a las peculiaridades nacionales y regionales correspondientes. Cierta equiparación de los derechos intergeneracionales haría disminuir las brechas generacionales y disminuiría la violencia relacionada con ella en esta nueva etapa de prosperidad, lo mismo pudiéramos decir del consumo de drogas: esos capitales deberían migrar al sector financiero no meramente especulativo que se habría de iniciar, y también si lo desea a la producción en países periféricos estables al falso populismo, rescatando el concepto de progreso popular como bien común. El caso mexicano es un callejón sin salida sino se hace algo en algún sentido, y nadie sabe muy bien qué hacer.

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